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Hace tiempo que vengo pensando y trabajando gracias a mi equipo, en temas de diversidad e inclusión. Y cuanto más profundizo, más claro veo algo: siempre que hablamos de diversidad, hay que hablar de inclusión, ¡y sí! No alcanza con sumar personas diferentes. Hay que hacer espacio para que esas personas puedan ser, crecer, aportar.

Cuando hablo de diversidad, no me refiero únicamente al género, el origen o color de piel. Hablo de también de diversidad generacional —personas de 19 y de 60 años compartiendo proyectos—, de personas con discapacidades, visibles e invisibles, de la riqueza de la neurodiversidad. De trayectorias profesionales que no son “lineales”. De provenir de contextos sociales variados, de formas distintas de ver el mundo. Hablo de talento. De humanidad.

Estamos viviendo más años, y trabajando más tiempo, y la reforma jubilatoria en Uruguay nos enfrenta de forma más clara y especifica al gran desafío; y deber de la diversidad e inclusión, por mencionar alguno de los retos que tenemos por delante.

Entonces, ¿Cómo construimos espacios donde todas las personas puedan desarrollarse a lo largo de una carrera laboral más extensa, con etapas vitales muy distintas? ¿Cómo hacemos espacio para todos interaccionando y construyendo entornos positivos?

Las empresas ya no pueden mirar para otro lado, ya no podemos mirar solo al otro, me siento responsable en el liderazgo. Porque la diversidad no es solo una causa justa. Es también un factor de crecimiento, de innovación y de creatividad. Y no lo digo yo: lo dicen los datos.

*Un estudio de McKinsey muestra que las empresas con mayor diversidad de género tienen un 25% más de oportunidades de superar a sus competidores en rentabilidad.

*Y otro trabajo académico recientemente publicado por una universidad internacional, indica que la diversidad de pensamiento mejora la calidad de las decisiones y la capacidad de resolver problemas complejos. No es solo lo correcto. Es lo inteligente.

Pero claro: la diversidad sin inclusión es solo un decorado. Si contratamos personas diferentes y luego las obligamos a adaptarse a una cultura homogénea, no estamos incluyendo, estamos pidiendo que se camuflen.

Por eso me gusta mucho una frase de Verna Myers que dice: “La diversidad es que te inviten a la fiesta. La inclusión es que te saquen a bailar.”

Entonces, ¿Qué hacemos con todo esto?

Hoy más que nunca, las organizaciones tienen, ¡tenemos! que hacer un trabajo profundo y honesto. Trabajar en crear culturas donde cada persona se sienta vista, valorada y escuchada.

Algunas preguntas que me hago y comparto porque nos ayuda a pensar:

¿Cómo logramos crear culturas donde cada persona se sienta valorada y escuchada? ¿Qué hacemos con los sesgos inconscientes? ¿Los identificamos? ¿Los desafiamos? ¿Estamos diseñando espacios accesibles de verdad? ¿Escuchamos activamente las necesidades de diferentes generaciones? ¿Cómo creamos una cultura en la que se le de valor a cada diferencia? ¿Cómo adaptamos nuestras formas de liderar para acompañar trayectorias distintas? ¿A quiénes no estamos escuchando?

Mi llamado a la acción…

A líderes, responsables de equipos, profesionales de RRHH, CEO, personas que toman decisiones: la inclusión no se delega. Se lidera. Y se lidera con el ejemplo, con conversaciones difíciles, con apertura y con coraje.

Revisemos nuestras propias creencias. Escuchemos más. Incomodémonos. Porque de esa incomodidad nace el cambio. Y de ese cambio, nacen empresas más humanas, más diversas, más creativas.

Y si sos parte de una organización, hacé tu parte. Propone, sumá tu voz, hacé preguntas. Porque la inclusión es responsabilidad de todas las personas en la organización.

Yo creo profundamente que la diversidad es una riqueza, no un problema a gestionar. Y que el futuro del trabajo necesita más empatía, más flexibilidad, más conversación. Menos moldes. Más verdad.

Ojalá podamos construirlo entre todas y todos.

Admin_AGH

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