Todo empieza con un conflicto concreto, allá por 1886, en…
Ver másTodo empieza con un conflicto concreto, allá por 1886, en Chicago. Desde entonces, el 1° de mayo se expandió por el mundo, adoptando matices locales pero conservando un núcleo común: la lucha por condiciones laborales dignas.
Y, sin embargo, algo de ese sentido parece haberse diluido.
Está claro —mientras escribo estas líneas— que no todo trabajo es visible, no todo trabajo es pago y no todas las personas que sostienen la vida entran en la definición clásica de “trabajador”.
Por eso quise preguntar. ¿Qué es hoy el 1° de mayo? ¿Un día libre? ¿Un día de reivindicación? ¿Un buen feriado? Las respuestas —recogidas en una pequeña encuesta en LinkedIn— fueron tan diversas como reveladoras: memoria, rutina, descanso… y, en muchos casos, un día cada vez menos significativo.
Podríamos cambiar de canal y probablemente cambiarían las respuestas. Los temas que nos impactan no son todos los mismos. Quizas estas líneas deberían tener destinatarios distintos: unas para CEOs, otras para los 25 mil pesistas, otras para las mujeres, otras para las personas con discapacidad que quieren trabajar y no saben dónde, otras para quiénes hacen changas.
Pero el dato incomoda igual. Siempre es bueno encontrar evidencia, y a las pruebas me remito. Fueron muchas las respuestas de que se trataba de un día carente de significado.
Rifkin en los noventa ya hablaba de “El fin del trabajo”. Richard Sennett más cerca del 2000 escribió sobre la concepción del trabajo y su cambio radical: el trabajo ha sido considerado un factor fundamental para la formación del carácter y la constitución de nuestra identidad. En 2007, Andrés Felipe Solano, decidió dejar de ser quién era, un periodista con buen sueldo y la existencia aparentemente resuelta, para vivir durante seis meses bajo la falsa identidad de un obrero en la ciudad de Medellín, Colombia. El problema no es solo económico, sino también identitario.
Muchos reclamos clásicos siguen vigentes —salarios, condiciones, seguridad pero ya no alcanzan para describir lo que está en juego. El mundo del trabajo hoy se tensiona también en otros planos: el tiempo, el cuidado, la salud mental, la posibilidad misma de sostener una vida fuera del trabajo. Si seguimos organizándolo como si nadie se enferma, como si nadie tuviera hijos o padres que cuidar, estamos construyendo sobre una ficción. El cuidado no es un problema privado. Es estructural.
En paralelo, discutimos productividad, eficiencia, compromiso. Y sin embargo, cuesta creer que alguien no quiera hacer bien su trabajo. La pregunta es otra: ¿en qué condiciones se espera que lo haga? ¿por qué hablamos de productividad cuando es destajo? ¿somos ignorantes? ¿nos sirve cambiar nombres pero no contenidos?
No alcanza con denunciar la explotación si al mismo tiempo se naturaliza que vivir es rendir. Hoy la precariedad parece ser parte del diseño.
Estoy a favor de repensar el tiempo de trabajo. A veces decimos que la jornada laboral fue pensada cuando la gente trabajaba en fábricas, con el cuerpo, es cierto. Las fábricas siguen existiendo, también los turnos, también el trabajo nocturno. Todo el engranaje es necesario. También trabajamos con la mente, y hasta es habitual hoy escuchar que ¨con el alma¨. Entonces, el problema no es solo de posiciones. Es, también, de lenguaje. Seguimos discutiendo el trabajo con categorías que describen cada vez menos lo que efectivamente ocurre.
Entonces, me pregunto y les pregunto ¿dónde queda el Primero de Mayo en todo esto?
Si la fecha conserva alguna potencia, debería ser esta: obligarnos a reconocernos dentro de la misma estructura. Que quien dirige una empresa como quien organiza una huelga se vean como funciones dentro de una misma arquitectura.
Tal vez, una forma contemporánea de honrar el espíritu de aquel reclamo en Chicago sea preguntándonos no solo cuánto se trabaja, sino quiénes trabajan, en qué condiciones y quiénes quedan sistematicamente fuera de la foto.
Quizás, esta fecha no está solo en lo que recuerda, sino en lo que nos obliga a preguntar. Tal vez, no sea repetir consignas, se trata de actualizarlas. Y aceptar que, esta vez, nos involucra a todos.
Por un instante, dejo de pensar en las asimetrías y creo que el 1 de Mayo conserva todavía alguna fuerza: nadie puede decir del todo “yo estoy completamente afuera de esto”.
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