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La marca empleadora no es un eslogan. No es una campaña creativa ni un premio que nos valida. Es en esencia, lo que una persona vive y siente al vincularse con nuestra organización. Y lo que recuerda después. En un mundo que cambia rápido y donde el talento elige con lupa, la marca empleadora dejó de ser algo “de marketing” para convertirse en una conversación cultural. Una conversación que nos incluye a todos los que trabajamos con personas.

Tuve la oportunidad de hacer el programa ejecutivo de Marca Empleadora de Carolina Boracchia, y me hizo ver con más claridad algo que a veces se subestima: la marca empleadora no es solo una estrategia de atracción, es una forma de mirar el negocio con los ojos puestos en las personas. Carolina lo plantea definiendo cuáles son las personas sobre las que trabaja la Marca Empleadora bajo su modelo de las Cuatro C:

  1. Candidatos Cualificados: ese universo que podría, eventualmente, sumarse al equipo.
  2. Candidatos Postulados: quienes ya levantaron la mano, mostraron interés, participaron de algún proceso.
  3. Colaboradores: quienes hoy están con nosotros, remando, construyendo, viviendo el día a día.
  4. Ex Colaboradores: los que ya no están, pero siguen teniendo una historia con nosotros y que muchas veces hablan más fuerte que cualquier posteo de LinkedIn.

Y a ese modelo conceptual se le suma otro igual de potente el EET: Expectativa, Experiencia y Testimonio. Una persona siempre se lleva algo de esos tres planos. Y eso que se lleva, impacta directamente en nuestra reputación como empleadores, en nuestra capacidad de atraer y retener, en el sentido de pertenencia que generamos e incluso en los resultados del negocio.

La experiencia del colaborador no es un «proyecto» ni un área: es el modo en que una cultura se expresa en lo cotidiano. Por eso, cuando pensamos en marca empleadora, conviene ir más allá del storytelling y preguntarnos por el storydoing: ¿Estamos haciendo lo que decimos que somos? ¿Qué cultura viven quienes ya están adentro, más allá de lo que decimos hacia afuera?

Enrique Baliño lo plantea en sus “no más pálidas”: el liderazgo tiene que ver con crear las condiciones para que las cosas buenas pasen. Y eso incluye ser conscientes de lo que nuestra cultura habilita o limita. Las personas no renuncian solo a las tareas: renuncian a las incoherencias, a la falta de sentido, a sentirse ignoradas o subestimadas. Por otro lado, Víctor Küppers aporta un enfoque valioso al traer el componente emocional: las personas se mueven por actitud, propósito y motivación intrínseca. No basta con compensar. Necesitamos conectar. Y para conectar, tenemos que entender qué le importa a la gente, cómo se sienten al trabajar con nosotros, y qué sentido encuentran en lo que hacen.

Las tendencias globales nos dan más señales. La última encuesta de Global Human Capital Trends 2025 de Deloitte indica que una de las claves de este tiempo es aprender a aprovechar la motivación individual. Las personas no solo buscan “un lugar donde trabajar”, sino un entorno donde puedan desarrollar su potencial, sentirse vistas, respetadas, desafiadas, reconocidas. Eso implica poner foco en la singularidad, y dejar atrás los modelos rígidos que tratan a todos igual. Porque lo que nos motiva es profundamente personal.

En este punto, es inevitable hablar del camino del colaborador. No como una cronología de ingreso y egreso, sino como una travesía emocional y simbólica. Desde el primer contacto como candidato hasta el momento de la salida, voluntaria o no, cada experiencia suma o resta. Y muchas veces lo que termina siendo decisivo no es “el conjunto de beneficios”, sino cómo nos hicieron sentir cuando algo no salió como esperábamos, cuando estábamos vulnerables, cuando pedimos ayuda, o cuando nos animamos a proponer algo nuevo.

¿Y entonces? Entonces, necesitamos dejar de pensar la marca empleadora como una estrategia de atracción, y empezar a verla como una expresión honesta de quiénes somos como cultura. Necesitamos hacer preguntas incómodas. Mirarnos al espejo sin filtros. Y preguntarnos también a nivel personal, qué es lo que estamos sosteniendo con nuestras decisiones diarias. Porque todas esas microdecisiones (qué premiamos, qué ignoramos, cómo damos feedback, a quién escuchamos, con qué tono, en qué tiempos) son las que construyen (o no) la percepción de nuestra marca.

¿Qué estamos proyectando sin darnos cuenta? ¿Qué conversaciones no estamos teniendo, y por qué? ¿Qué necesitan hoy las personas para sentirse parte, para comprometerse de verdad? ¿En qué punto estamos siendo auténticos y en cuál solo estamos repitiendo fórmulas aprendidas?

No se trata de mostrar una empresa perfecta. Se trata de mostrar una empresa real, coherente, consciente de su impacto y dispuesta a evolucionar. Una cultura que no tenga miedo de escucharse, de transformarse y de ser genuina incluso cuando eso implique incomodarse un poco. Porque al final del día, tu marca empleadora también habla de vos. De tu forma de liderar, de acompañar, de tomar decisiones. De cómo vivís tu propio rol con autenticidad.

Y entonces, la pregunta no es solo qué marca dejamos como organización. La pregunta también es:

¿Qué marca estás dejando vos?

Admin_AGH

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